A un gran hombre.

El viernes por la mañana terminó de forma inesperada el fantástico, bondadoso, generoso discurrir de mi padre por la Vida.

Después de dos días de intensa emoción, y más relajado, no puedo dejar de escribir unas palabras que expresen la gratitud que siento hacia todas las personas que física o virtualmente nos han acompañado a mí y a mi madre y hermanas en los momentos difíciles que hemos pasado, y han aceptado la tarea de llevarnos en volandas a través de todo el proceso inevitable que ha llevado a mi padre a su lugar de descanso definitivo. No quiero nombrar a ninguna, por aquello de los agravios por los olvidos. Todas y cada una de las personas que nos han acompañado tienen un hueco en mi corazón. Sólo quiero compartir aquí el recuerdo que Laura, su cuidadora en los últimos meses, nos regaló a todos:

Es curioso cómo al final de todo esto, a uno le queda una grata sensación de felicidad, y agradecimiento por haber podido ser parte activa de su vida, una vida que es imposible de evaluar en sólo unas líneas. Yo quisiera recordarle que estoy agradecido de la forma tan elegante en que aceptó finalmente a Alberto en casa, y cómo supo poner aparte sus propias convicciones y creencias para aceptar  que mi vida se habría de regir por unas normas distintas.

Cada uno de nosotros (madre, hermanas y yo) recordaremos siempre las vivencias con nuestro padre, y le evocaremos constantemente, estoy seguro; nos hemos de acordar de él mientras vivamos.

Y sin respuesta, sólo con una tímida sonrisa a veces, como venía siendo habitual en sus últimos días, le diré:

¡Adiós, papá!

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